Hace seis años, un pequeño pedazo de plomo terminó con la vida de un hombre que fue torero, David Silveti
Fue un doce de noviembre de hace seis años, por la mañana allá en Salamanca, así como a Belmonte o Nimeño II, un torito de plomo al que se le dio suelta de mano propia, hizo lo que ningún toro con todo su poder, su bravura y furia pudieron hacer.
Un pequeño pedazo de plomo terminó con la vida de un hombre que fue torero, y que como tal fue un rey, y su reino estaba compuesto de la ética, la estética y la patética. Seis años se dicen de manera fácil, pero seis años de ausencia no se viven así.
Como aficionado disfruté muchas tardes del toreo del maestro David, era impresionante ver como se pasaba al toro a unos milímetros del cuerpo embrujado por los vuelos de su capote y muleta que en sus manos se convertían en una extensión de su alma, esos momentos generaba una magia que resultaba única y que tras entenderla se podía encontrar sentido al acto de ver en un ruedo a un hombre frente a un toro, enfrentados a muerte.
Seguramente si yo no hubiera visto a toreros como David Silveti y a todos aquellos de su generación con los que crecí taurinamente, las corridas de toros serian para mi lo que para muchos, un simple acto de barbarie, sin embargo conocí a ese gran torero con nombre de rey y entendí que la fiesta brava es la actividad mas bella de este mundo.
Si en esos años alguien me hubiera dicho que yo iba a estar ligado a ese torero como lo estoy, simplemente me hubiera reído. Silveti, se fue, pasaron los años y yo incursione de otra manera en este bonito mundo de la fiesta brava. Un día la noticia de su regreso tras varios años de ausencia le dio la vuelta al mundo y ahí fue donde la vida me dio la oportunidad de estar cerca de él, de su familia y de su mundo, un mundo lleno de energía, mística pero también sufrimiento y dolor.
David Silveti era un hombre especial. Tras el anuncio de su regreso viví con el su visita a la Basílica de Guadalupe, ya que el era ferviente devoto de la Virgen del Tepeyac, después recuerdo se fue a probar los trajes de luces que usaría para la reaparición, tres trajes de la aguja, un rey y oro, otro botella y oro y el tercero un berenjena y oro, este ultimo que nunca ocupo, y los otros dos los uso en la Plaza México.
El acercamiento con el torero, que era parte de una dinastía torera única, me permitió conocer a sus hijos, tres hombres y dos pequeñas, a su esposa que siempre ha sido un ejemplo de valor y entereza.
Lo vi derramar amor por su familia, y cuando ese pequeño torillo de plomo le arranco la vida, me cuestione como era posible que alguien que contaba con ese tesoro en casa, se hubiera podido olvidar de él y dejarse ir de esa manera, creo que esa pregunta me la podrá responder si algún día en la eternidad nos podemos encontrar.
Qué fue lo que orilló a un torero como David Silveti, a tomar ese camino no lo sé; sin embargo, especulando un poco fue el hecho de saber que no podría torear más, de ese estoy seguro fue el motivo, David Silveti nació para ser torero, eso era su vida, su pasión, era lo que lo tenía como ser mortal en la tierra, en el momento tras el accidente sufrido en San Miguel de Allende, que al final fue lo que provocó su retiro definitivo, David comenzó a morir. Después de su última tarde en la México, en la que de verdad salió a abandonarse, tuve la oportunidad de verlo un par de ocasiones, el torero había perdido algo, sin que mucha gente lo notara pero ya no era el mismo, parecía que vivía por vivir, pero al final el solo estaba caminando hacia su destino.
Fue un 12 de noviembre que David Silveti dejó de estar entre nosotros y hay que decir que ni su vida, ni su muerte fueron en vano, él se hizo leyenda y hoy su influencia la podemos ver en muchos toreros y eso siempre lo mantendrá vivo y en futuro hasta los que no lo conocieron ni nunca lo hayan visto torear en vivo sabrán que hubo un torero de nombre David, de apellido Silveti, y que fue un REY.



